Ponte que vas un domingo cualquiera al ayuntamiento de tu ciudad a cambiar cromos. Estás haciendo una colección y sabes que los domingos a las doce, va gente como tú a cambiar cromos.

Llegas al lugar de reunión con tu mazo de cromos repetidos en la mano. Son cromos que ya tienes, digamos que son los que le sobran a tu colección, y quieres cambiarlos por unos nuevos.

Te encuentras con la primera persona, os intercambiais vuestros mazos de cromos repetidos, encuentras en el mazo del otro cromos que tú no tienes, los separas, él también encuentra en tu mazo algunos cromos que él no tiene, los separa. Hasta ahí todo normal, podríamos decir. Pero, cuando llega el momento de cambiaros los cromos, resulta que tú no sueltas los que él ha elegido, te quedas pegado a ellos, los agarras. Y el intercambio no se da.

Así que vuelves a tu casa, te sientas cómodamente en el sofá para ver tu colección de cromos, y te das cuenta de que tienes exactamente los mismos que tenías. Ni uno nuevo. Los mismos cromos repetidos. Y entonces te preguntas que qué has hecho mal. Si has ido al ayuntamiento con tu mazo de cromos repes, si has intercambiado el mazo con otros, si has elegido cromos nuevos…

ah! caes en la cuenta! No los he soltado! Me he quedado con ellos y al final no he intercambiado!

Es eso. Solo tenía que haberlos soltado para que el otro se los llevara y haberme quedado con los nuevos que él me daba.

Algo parecido nos pasa con nuestra colección de ideas, creencias, pensamientos, conocimientos que hemos ido acumulando y que son los que hacen que ciertas experiencias se repitan y se repitan una y otra vez en nuestra vida. Nos preguntamos qué falla, qué hemos hecho mal. Y no hemos hecho nada mal, tampoco estamos fallando. Es solo que no las estamos dando, que no las estamos soltando, que nos quedamos pegados, agarrados a ellas y entonces, claro, el intercambio con lo nuevo, no se da. Es solo eso. La decisión de soltar y permitir que suceda el intercambio, ¿cómo? Sin quedarte pegado a ello.